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Perspectiva Histórica. Cambiar nombres y trasladar estatuas, por Bernardo I. Salduna

En estos días, según informan medios de prensa, se ha desatado, en la ciudad de Bariloche, una polémica a causa de la decisión de las autoridades locales de quitar de la plaza principal el monumento ecuestre del general Julio A. Roca, reemplazándolo con figuras alusivas a los desaparecidos y víctimas de la última dictadura.
Uno de los motivos invocados, como de costumbre, es la calificación de “genocida” respecto al expresidente.

Motivada en su famosa “Campaña” de 1879, como ministro de guerra del presidente Avellaneda, que incorporó a la Nación una superficie territorial de 15.000 leguas (parte del sur de provincias de Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Mendoza y la totalidad de La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz).
Hay un tremendo error -no inocente, aclaremos- en esto de analizar con la perspectiva actual sobre Derechos Humanos, hechos ocurridos en el siglo 19.

Para no dar más que un ejemplo, el concepto de “genocidio” surge en el mundo en 1945, después de la Segunda Guerra, al conocerse la magnitud de los crímenes del nazismo.
Pero ocurre que además el mentado “genocidio” es muy relativo: el informe sobre la campaña del general Roca, y los estudios serios de historiadores, incluso revisionistas (véase, por ejemplo, “Panorama general del genocidio”, de Walter Del Río, Editorial de la Universidad de Quilmes, Buenos Aires, 2005), brindan las siguientes cifras: 1271 indios de lanza prisioneros; 1213 muertos en combate, 10.513 indios no combatientes prisioneros, 1049 reducidos.

Este autor -docente de la Universidad de Quilmes- agrega de su propia investigación alrededor de mil aborígenes más muertos en sucesivos enfrentamientos “entre 1878 y 1884”.
En suma: la cantidad de aproximadamente poco más de 2 mil muertes en combate militar muy difícilmente pueda calificarse, en forma retroactiva, de “genocidio”.

La suerte posterior de estas comunidades de pueblos originarios, víctimas de segregación, malas condiciones de vida, enfermedades, etcétera, es otra historia.
En todo caso, achacable a la sociedad, de la época y después, y no a un jefe o gobernante circunstancial.
Y hay algo más: un artículo de Jaime Correas, publicado en el sitio “MDZ Post” de 23.2.2023, bajo el título “¿Por qué, con más indígenas muertos que Roca, Rosas no es un genocida?”, ofrece este dato sorprendente: una lectura del testamento de don Juan Manuel de Rosas (escrito en más de 80 páginas), en el cual, al referirse a la llamada “Campaña del desierto”, del año 1833, el dictador porteño reconoce haber “exterminado” (muerto) “20 mil indios”, y sometido a cautividad y enviado a Buenos Aires otros 20 mil.

Sin embargo, según se hace notar, para cierta corriente histórica “revisionista”, incluso reflejada en portales informáticos como Wikipedia, se desliza el calificativo de genocidio a la campaña del general Roca, omitiéndose para don Juan Manuel, de quien se resalta su discutible “defensa de la soberanía”, en el episodio de la Vuelta de Obligado.
Además de la ligereza del juicio histórico, luce arbitrario este proceder selectivo para una figura nacional a quien, además de las progresistas leyes 1420 (de educación común, laica y obligatoria), que redujo drásticamente el analfabetismo; de la ley de matrimonio civil; del fomento de la inmigración, Argentina le debe por lo menos el 60% de su actual territorio.

Bernardo I. Salduna
M.I. N° 5.834.041
Exdiputado nacional por la UCR
Ex vocal del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos
Historiador

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