Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires

Si hay una frase que forma parte de la vida en argentina, es la que exclama el título de esta nota. También “el interior del país”, cuando no se habla de Buenos Aires, como si esa provincia no formara parte del “interior” de Argentina.

El centralismo porteño domina el país desde la economía, la política, la industria y los medios de comunicación. ¿No será el momento de cambiarlo? 

El periodista Tirso Fiorotto, cree que “la fruta está madura”. En la presidencia de Alfonsín se produjo el último empuje para cambiar la capital nacional. 

Si le preguntas a personas de gran incidencia en los distintos partidos políticos que gobiernan en Argentina, puede haber una excepción, pero la mayoría coinciden en la necesidad de pegar un volantazo en este rumbo que se estableció hace 200 años, pero tomó mucha fuerza desde Bartolomé Mitre en adelante”. 

Al encender la televisión, nos vemos invadidos por información que corresponde a Buenos Aires y que al resto de las provincias no incumben, como paro de transportes, estado del tránsito, accidentes, manifestaciones y hasta medidas políticas y económicas. 

Los medios de comunicación de mayor alcance se encuentran concentrados en un mismo lugar: “ahí pone plata todo el país. El Estado Nacional pone plata en los medios de Buenos Aires para que trabaje gente que vive en Buenos Aires. Ese es un ejemplo de concentración del poder, porque los medios de mayor alcance tienen poder”, dice Fiorotto. 

Por otro lado, el resto de los poderes como el corporativo, el de las multinacionales, bancarios, también tienen sede en la provincia.

El problema de la concentración del poder en Argentina es que ha sido naturalizada”. 

El centralismo también se identifica en el ámbito electoral, en donde algunos pocos barrios de Buenos Aires tienen la última palabra en el conteo de votos en una elección. 

La historia

En 1813, José Artigas, planteó la necesidad de lograr un equilibrio en el territorio, proponiendo que “la capital del país estuviera en cualquier parte, menos en Buenos Aires”. Al no cumplirse esto, se facilitó el establecimiento de industrias, cabeceras de todas las instituciones, el Estado y todo lo que a él lo involucra: el poder financiero, político, sindical, corporativo y mediático de Buenos Aires. 

Poder político o financiero ¿qué fue primero? 

El pedido de Artigas y de los demás integrantes del Litoral era lograr un país Republicano y Federal. “Uno de los requerimientos principales era el establecimiento de varios puertos para impedir lo que luego ocurrió: no sólo que la capital estuviera en Buenos Aires, sino que Buenos Aires manejara por décadas, todos los ingresos económicos de la exportación e importación a través del puerto”, dice Tirso. 

Hoy nuestras ciudades, que producen energía, pagan 10. Buenos Aires paga 7. Los trenes de pasajeros acá no funcionan y el tren de pasajeros en Buenos Aires es deficitario y lo paga el país”. 

La solución

Este centralismo, como venimos observando, no es un problema causado en la actualidad política de nuestro país. Es un error histórico pero que puede tener una solución. 

En primer lugar, tal como lo detalla el periodista Fiorotto, es el cambio (necesario) de la capital del país. “No sólo para que el Poder Legislativo, Judicial y Ejecutivo estén en otro lugar del país, sino también, para establecer que las corporaciones, sindicatos, partidos, bancos y demás, puedan tener algunas sedes pero no todas concentradas en el mismo lugar, tiene que haber un porcentaje”. 

“El hacinamiento no le hace bien a nadie, en un país que tiene territorio para que cada una de nuestras familias pueda ver cómo sale el sol y cómo se esconde”

Las promesas políticas

Durante cada campaña política escuchamos prometer un país federal. Una promesa que se esfuma cuando comienza el nuevo mandato. El federalismo, está en la linea de lo que Artigas llamaba “Soberanía particular de los pueblos”, pero al llegar al poder, el Federalismo parece convertirse en una destrucción. 

La soberanía de la que hablaba Artigas lograría que cada comunidad tenga sus modos y los respete, sus modos de trabajo, costumbres. Que cada ciudadano de las provincias, ciudades y regiones acompañen y se sientan comprometidos: lo que hoy no sucede. 


Nosotros nos sentimos como ciudadanos de segunda. Nosotros no tenemos la posibilidad de incidencia real en las políticas del país, y eso le pasa a la mayoría de las provincias y comunidades de la Argentina”.

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